Vivo las dos caras de la gentrificación en San Francisco

Hace un par de semanas me mudé al distrito de Mission en San Francisco —la brillante y naranja yema en el centro del debate sobre la gentrificación y los desahucios— por segunda vez en mi vida. Esta vez, en vez de ser una artista soltera viviendo en un colectivo, me he mudado con mi novio, dueño de su propio apartamento. Mientras caminaba desde el metro hasta mi nuevo hogar, me crucé con un poster hecho a mano con el logo de Twitter aleteando y la inscripción “Especie invasora”. En ese momento, por primera vez pensé: “Esto se refiere a nosotros”.

twitter-gentrificacionLa primera vez que viví en Mission fue hace 10 años. Mi ropa estaba llena de agujeros y tenía un cinturón de color rosa neón con tachuelas y remates plateados. Por aquel entonces llevaba una existencia sin dirección ni propósito vagamente centrada en luchar contra la autoridad y los sistemas opresivos. Con mis dedos índice golpeaba las teclas de mi máquina de escribir para componer historias de realismo mágico que después copiaba en una máquina Xerox y enviaba a varios zines junto con collages con mensajes lésbico-feministas. Durante los años siguientes mi pelo cambió de rapado a con cresta a un corte desigual hecho con unas tijeras de colegio.

Mis diferentes compañeros de casa incluyeron una mujer transgénero de Iowa, una camarera de catering gótica y adicta al sexo, y un hacker anarquista con rastas. Pasábamos muchos domingos de resaca comiendo en el restaurante mexicano de la esquina de nuestra manzana, hablando en español a la familia que lo regentaba. No éramos latinos, como la mayoría de familias de nuestro alrededor, pero intentábamos respetar el ecosistema del barrio.

Nos sentíamos seguros, aunque me habían atracado dos veces mientras regresaba a casa con uno de mis compañeros de piso. Muchas veces, al llegar a nuestro bloque podíamos oler cuando el traficante de crack acababa de pasar por ahí. Hubo una época en el que no me pude permitir el alquiler de 450 dólares, así que compartí cama con otro compañero. Era el año 2005. El boom de las redes sociales estaba aún gestándose en el creciente útero de San Francisco.

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Tras unos años dejé la ciudad. Cuando regresé, el alquiler medio de un apartamento de un piso había subido hasta los 2.900 dólares y la gente hablaba de gentrificación de forma incesante. Todo el mundo lamentaba la desaparición de los pequeños negocios y sentían aprensión ante la idea de que pronto tendrían que mudarse a Oakland. Algunos imprimían pegatinas con el mensaje “Que le jodan a Mark Zuckerberg” y hacían pintadas con plantillas frente a las casas que iban a ser desahuciadas. Teníamos la palpable y sofocante sensación de que los artistas no podrían sobrevivir mucho más en San Francisco. Ni los activistas. Ni los inmigrantes. Ni nadie interesante.

Poco después, tras un mes de vuelta en la ciudad, me colgué. Me colgué firmemente. Por un empleado de Google.

En una de mis primeras citas con Tom comimos sandwiches de crema de cacahuete y mermelada y nos tumbamos en un parque, sintiendo como el barro se iba filtrando por nuestra ropa. Mientras mirábamos hacia arriba a los árboles en sombra, Tom me mencionó su trabajo y me preguntó si sabía dónde me estaba metiendo. “Vamos que”, le dije, “quieres asegurarte de que no me importa relacionarme con el opresor, ¿verdad?”

“Sí, básicamente”, me respondió.

“Si me importase, no podría salir con hombres en San Francisco”, le dije. Nos reímos. Tenía la certeza de que quería salir con él y no pensé en mucho más.

Nunca había conocido a nadie con una vida tan diferente, pero que fuera tan parecido a mí en su esencia. Ambos somos muy sensibles para ver violencia en el cine y lloramos en los días nublados cuando el mundo parece emocionalmente intensificado. Él me enviaba poesías durante la hora de la comida en Google y yo le dejaba notas garabateadas en rotulador permanente pegadas a su mesa del comedor. “Somos tan radicalmente diferentes”, escribí, “y aún así te siento tan cercano.” Pronto él dejó su puesto en Google para trabajar en una startup que ayuda a enfermos con diabetes.

Cuanto más quedábamos, más me alejaba de mis actitudes luditas. Tom y sus compañeros eran optimistas sobre el futuro y estaban seguros de que la tecnología solucionaría los problemas más acuciantes de la sociedad. No temían el impacto social de la generación de Twitter/Instagram/Snapchat. Yo adopté parte de su optimismo y dejé de ser instintivamente sospechosa de cualquier avance tecnológico.

Hace 10 años habría desestimado a Tom y su estilo de vida. En ocasiones conversaba con mi antiguo yo sobre mi nueva vida: “¿Así que no nos tenemos que preocupar tanto por futuras sequías gracias a las plantas desalinizadoras?”, me preguntaba. “¿Esto es fe en la tecnología o simplemente nos hemos rendido?”

Me dijo que deberíamos crear una ONG que emparejase a “techies” ricos con artistas hambrientos. Citas y patronazgo: una forma tangible de apoyar y promocionar las artes en San Francisco.

Tras un año, Tom y yo nos mudamos juntos. Él era propietario de un moderno apartamento en Mission, a 10 bloques de mi antigua casa. Aquel restaurante mexicano familiar había desaparecido. Nunca he vuelto a oler a crack en el barrio, no conozco a nadie al que le hayan atracado recientemente y una habitación en una casa colectiva se alquila hoy por unos 1.200 dólares al mes.

Pronto me enteré de que el alquiler en el centro infantil en el que trabajaba se iba a triplicar. Lo más probable es que tuviera que acabar cerrando y yo quedándome sin trabajo. Los propietarios querían sustituirnos por alguna empresa tecnológica. “Es asqueroso”, comentó uno de los padres. “Lo es”, respondí mientras pensaba: “Quien podría ocupar nuestro lugar podría ser la startup de mi novio.” Su empresa acababa de mudarse a una oficina a un solo un par de manzanas.

Caminando por la calle Market, Tom me dijo cuál era su salario en Google. La suma era tan abultada que sentí nauseas. Todos los amigos cercanos de Tom también trabajaban en tecnología. Hablar con ellos sobre dinero a veces parecía surrealista. Uno de ellos, que ganaba más de 250.000 dólares al año, nos anunció un día que la compañía de otro amigo había sido vendida por millones. “¿Cómo te hace sentir eso?”, le pregunté. “Como si hubiera estado perdiendo mi tiempo”, respondió.

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Foto: BrokeAssStuart

En la calle Market, me perforó la sensación que la ciudad ya no tenía hueco para el resto de nosotros. Pero cuando las nauseas remitieron me sentí más ligera. Tom había renunciado al dinero por un trabajo que encontraba más significativo.

Una noche Tom y yo fuimos a Oakland a ver un espectáculo de cuentacuentos. Como bolso llevé una de sus bolsas de tela con un gran logo de una empresa tecnológica. Tom dijo “Estas cosas me hacen sentir como una diana en movimiento”. Yo me reí, pero cuando nos montamos en el metro abracé la cara con el logo serigrafiado para que permaneciera escondido. Hice lo mismo en el teatro. El maestro de ceremonias gritó: “¿Quiénes vivís en San Francisco?” Nosotros levantamos la mano junto a unos cuantos más, ante lo que dijo: “¡Qué os jodan! El año que viene os veremos en Oakland.” Me puse roja. Como le dije a Tom, si rompiésemos tendría que dejar San Francisco. Yo había dejado mi piso con un precio de alquiler controlado para estar con él.

Es duro, me dijo Tom, el que te identifiquen como un empleado de empresa tecnológica a primera vista. Tom es un joven, blanco y delgado con gafas. Detesta que lo metan en el mismo saco que a los tíos jóvenes y borrachos que trabajan en tecnología y que se dedican a ir de bar en bar por Mission.

En una ocasión una amiga bromeó: “Vuestra relación legitima la existencia de Tom en esta ciudad.” Me dijo que deberíamos crear una ONG que emparejase a “techies” ricos con artistas hambrientos. Citas y patronazgo: una forma tangible de apoyar y promocionar las artes en San Francisco.

Un día, mientras nos achuchábamos en la sala de estar, Tom lamentó que yo percibiera su apartamento como un obstáculo. Tenía razón. No me gustaba vivir en un apartamento en el que tengo miedo de que caiga comida en los muebles. La verdad es que preferiría salir con alguien de mi clase. Su voz titubeó. “Es que… He trabajado muy duro para tener una casa agradable y me apena que no lo aprecies.”

Procesé su comentario durante un instante y después le dije: “Tom, viviría contigo incluso si vivieras en un vertedero.” “Sé que lo harías, ese es el asunto”, dijo y suspiró.

No me sentía identificada con su fijación por tener cosas bonitas y él no entendía porque yo las rechazaba. Mi antiguo yo se preguntaba si podía sentarme en su sofá de 4.000 dólares y aún así discutir sobre las injusticias del trabajador asalariado y de la estratificación social. ¿Puedo asegurar que soy una mujer independiente mientras que él paga nuestras vacaciones? ¿Puedo aún sentir frustración por los artistas que son forzados a irse de la cuidad cuando yo fui cómplice de la primera ola de gentrificación?

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Un par de semanas más tarde me crucé con una antigua compañera de piso, la mujer de Iowa. Se había mudado a un bloque distinto en Mission. Tras perder su trabajo en gestión artística aprendió ingeniería de software. “Me gustaría haber aprendido mucho antes”, me dijo, sacudiendo la cabeza. “He triplicado mi salario… No puedo creer que lo pasara tan mal como artista durante tanto tiempo.”

En mi caso, mi salario actual es igual al que ganaba hace 10 años dando clase a niños. Y eso que era un sueldo exiguo. Una tarde, mientras caminábamos a casa, hablé con Tom de formas de ganar más dinero. “He estado aprendiendo algo de HTML y CSS”, le dije. “Combinado con diseño gráfico, quizá podría conseguir trabajos.” Tom abrió la puerta de nuestro patio. “Seguro”, aseveró mientras yo entrelazaba los dedos con las barras de metal. “Es curioso cómo la tecnología lo penetra todo.”

Mi vida no se asemeja en nada a la vida que tenía la última vez que viví en Mission. Sigo siendo artista, pero mis herramientas han pasado de una máquina de escribir a un portátil, de placas de cobre para grabar a software para diseñar. Los cambios fueron graduales. Me había dejado el pelo largo. Mi nuevo trabajo exigía que tuviera un smartphone. Empecé a deshacerme de mis camisetas antes de que se convirtieran en andrajos. Mi yo anterior cuestionaba a mi yo actual por todo esto. Ella resistía, tenazmente, en el epicentro esencial de mi forma de ver la vida.

Pero mi yo joven no tenía pareja. No tenía estabilidad ni proyectos creativos a largo plazo. En cambio, sus modos eran rígidos y constantemente rechazaba el mundo tal como era. Aunque ella no prestaba atención, en uno de sus CDs Ani DiFranco cantaba:

All that steel and stone
Are no match for the air, my friend.
What doesn’t bend breaks.

 

Cuando pienso en ella ahora, no me reconozco.

Tom no es como me imaginé a mi compañero para toda la vida. No creo que con él renuncie a nuestras posesiones, nos mudemos a Marruecos y derroquemos el capitalismo. No salgo con él por sus opiniones políticas y cada vez tengo menos ganas de renunciar a todo. Me enamoré de Tom porque cuando nos desnudamos de los aspectos superficiales de nuestras vidas hasta dejar ver nuestras desnudas y retorcidas almas, ellas se entienden sin palabras, comparten un brillo y una tristeza gemelas.

Mi antiguo yo dice “Tom no es artista, no es pertenece a nuestro mundo.” Yo le digo que Tom y yo ambos somos creadores. Resulta que su aspiración creativa es más valorada por la sociedad y debidamente compensada. “El sistema no funciona”, diría mi antiguo yo.

Es cierto. El sistema no funciona. Pero me parece mucho más revolucionario reconocer que aunque el sistema puede que rija mi realidad económica, la opresión humana y las oportunidades, me niego a dejar que me dicte a quien puedo amar.

FIN

 

Este artículo apareció originalmente publicado en The Bold Italic bajo el título “Sleeping With a Gentrifier”.


RachelC-assandra

Rachel Cassandra es una escritora, periodista, fotógrafa y diseñadora residente en San Francisco. Sus artículos han aparecido en publicaciones como Vice, Good y Narratively. A Rachel le interesa el feminismo interseccional y canalizar las voces de aquellos a los que normalmente no se tiene en cuenta, ya que considera que el contar sus historias es una potente herramienta para el cambio social. Uno de sus proyectos es Sin Miedo, que promueve un uso más creativo de los espacios públicos para la representación de la mujer. Podéis seguir sus pasos en Twitter y en su web.