Oda al vídeo club que casi sobrevivió

CIerra-VideoClub

Cuando en 2013 fue desmantelado lo poco que quedaba de la cadena de vídeo clubs Blockbuster lo primero que sentí fue una ligera, aunque breve pena; y lo primero que pensé fue en qué tal le iría a Mari Ángeles. Si la multinacional americana, una empresa que había llegado a tener 9000 establecimientos y emplear a casi 60.000 personas, tenía que reducir tanto su volumen, ¿cómo estaría viviendo la crisis de los alquileres de películas el modesto vídeo club local que regentaba Mari Ángeles?

La pregunta tuvo respuesta hace unos días cuando pasé por donde nunca pasó: por el Zoco de Monte Rozas, ese caduco y casi siempre desértico centro comercial en el que solo me dejo caer de vez en cuando, cuando a mis padres se les antoja comer comida china y a horas en las que el vídeo club está ya cerrado. Pero ese día estaba abierto.

A través de la cristalera pude ver dos cosas: primero, unas letras grandes, hechas con folios blancos recortados, que decían “LIQUIDACIÓN VENTA DVDs DESDE 2€”; y segundo a Mari Ángeles, reclinada sobre el mostrador, colocando carátulas forradas con un papel grueso y de color amarillo pollo, del mismo color que llevaba usando los 24 años que el Vídeo Club de Mari Ángeles llevaba abierto.

Mientras hacía lo que había ido a hacer me rondaba en la cabeza el pasar a saludar. Pasar a despedirme. Decir adiós a Mari Ángeles y a su video club, ese local pequeño y mal iluminado en el que puedo decir, sin atisbo de duda, que fue donde se forjó mi primer y más duradero amor: el cine.

Era una criaja de 9 años cuando me hice el carné y entré a formar parte de ese exquisito club de adultos —había que ser mayor de 18 para que te lo hicieran, así que tuve una mezcla de enchufe y suerte— que podía sacar películas. Con mi carné amarillo, en la que quedó grabado el número de socia 992, empecé a alquilar películas. Me fascinaba entrar en el local e ir escudriñando todas sus estanterías, una a una, en busca de una película nueva o una cinta que no conociera. Estudiaba los títulos, los actores e incluso los diseños de las carátulas. Cuando me decidía por una pagaba con el dinero que me habían dado mis padres para alquilar “algo” o que había ahorrado. Ya ni recuerdo el precio, pero era la época en la que ir al cine costaba entre 450 (¡bendito Día del Espectador!) y 600 pesetas, así que calculo que alquilar una cinta costaba la mitad.

Fue en ese mismo vídeo club donde, un tiempo después, también tuve lo que considero mi primer trabajo. Los viernes y sábados me pasaba por allí y ayudaba a Mari Ángeles a atender. Ella hacía las tareas serias como cobrar o abroncar con su acento sevillano a quienes traían las pelis tarde —sobre todo cuando eran los tan demandados estrenos— y yo ayudaba a colocar las películas en las estanterías y a recomendar títulos a los clientes. Ella, como contraprestación, al cerrar me invitaba a llevarme una o dos películas que, como todo hijo de vecino, tendría que devolver en 24 horas.

Nunca supe si mi papel de pequeña aprendiz le era útil o un incordio —o ambos— a Mari Ángeles. Un día, cuando la adolescencia hizo que temporalmente mis intereses apuntaran hacia otros horizontes, dejé de pasar por allí y nunca regresé. Y ya nunca volví a alquilar una película en un vídeo club tradicional. Lo hice en esos vídeo clubs que parecían máquinas expendedoras en las que escogías la película en una pantalla y la máquina la escupía por una ranura; y años más tarde comencé a alquilar online y a probar plataformas de consumo de películas online como Netflix, Yomvi o Hulu.

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Pila de películas – Foto: http://mygaming.co.za

Tierra de piratas

Mientras escribo tengo al lado a una chica de 18 años. Le pregunto si ha alquilado alguna vez una película en un vídeo club y me dice con cara de desconcierto que no. Recuerda vagamente que, cuando era pequeña, una vez fue a alquilar una película con su tía, pero que nunca ha vuelto a pisar un vídeo club.

Ella y sus contemporáneos han crecido consumiendo películas en pantallas que no son la televisión —ya sea el ordenador u el móvil—, películas que antes descargaba su padre y que ahora también descarga ella.
Así que mientras España se convertía en el quinto país del mundo con más descargas ilegales de películas, los negocios de alquileres de películas se quedaban sin aire que respirar. En 2004 había 14.000 comercios de alquiler de vídeo en España. Hoy solo quedan 600, según datos de la distribuidora de DVDs Das del Video publicados por “El País”. La Asociación Española de Empresas de Vídeo (AEVIDEO) apura más el tiro: desde 2006 hasta 2014 cerraron el 90% de los vídeo clubes españoles.

Es cierto que los vídeo clubes estaban de capa caída en medio planeta, pero dentro de nuestras fronteras la losa pesaba más por la suma de piratería accesible y escasa persecución a este delito en España. Pero no todos los países son tan permisivos y los hay que de manera activa denuncian a quienes descargan contenidos protegidos de forma ilegal. Conozco a varios amigos en Estados Unidos y Alemania que, tras haberse descargado alguna que otra película, recibieron cartas remitidas por las autoridades locales pertinentes notificándoles que habían detectado una descarga ilegal y que procedían a tomar medidas.

Cuando contemplo como desaparece un negocio —o todo un sector, como en este caso— me pregunto si a la gente del gremio les pilló por sorpresa o si lo vieron venir. Y si en efecto interpretaron las señales del oráculo, si se plantearon qué hacer para adaptarse a los tiempos, a los usos y costumbres de los consumidores. O si se preguntaron en qué momento habían perdido el contacto con su entorno y dejaron de empujar. Esto me hace recordar una anécdota que el director ejecutivo de Netflix, Reed Hastings, relata con frecuencia. Según Hastings, cuando en el año 2000 Netflix estaba empezando a crecer con su modelo de streaming y envíos de DVD por correo, se reunió con el equipo de Blockbuster para plantear una alianza entre las empresas en la que Netflix gestionaría los esfuerzos online de la compañía. Por aquel entonces, Blockbuster rechazó la propuesta al no verle un valor añadido a la alianza. Solo cuatro años después, Blockbuster lanzó su propio sistema de alquiler por correo. De poco sirvió.

Hoy los vídeo clubes son criaturas en peligro de extinción. Aún quedan algunos luchadores. Sobreviven en pueblos y ciudades pequeñas, en localidades donde la variedad del ocio es limitada y la media de edad alta. También en algunas grandes ciudades donde hay un volumen suficiente de románticos y nostálgicos como para sostener el negocio. Pero esos últimos clientes están abandonando la sala. Se encienden las luces y en breve pasarán a barrer los restos que dejan los últimos en salir. Mari Ángeles ya se ha ido. El último que cierre la puerta.

FIN

 


Maria-G-Picatoste

María G. Picatoste (Madrid, 1984) estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y completó el Máster de Periodismo Multimedia de ABC. Ha trabajado en The Economist, Diario ABC, arttroop y HomeLyst. Colabora con diversas revistas como Fuck & Young y Artishock. Actualmente edita Rakontant y colabora como freelance en diversos proyectos.